domingo, 21 de enero de 2018

MIENTRAS SE ESTÁ VIVO, DIOS ES PERDÓN Y MISERICORDIA, UNA VEZ MUERTO, DIOS ES JUSTICIA.-----EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN






MIENTRAS SE ESTÁ VIVO,  DIOS ES PERDÓN Y MISERICORDIA,  UNA VEZ MUERTO,  DIOS ES JUSTICIA.

No dice el Señor que nos preparemos cuando llegue la muerte, sino que estemos preparados. En el trance de morir, en medio de aquella tempestad y confusión es casi imposible ordenar una conciencia enredada. Así nos lo muestra la razón. Y así nos lo advirtió Dios, diciendo que no vendrá entonces a perdonar, sino a vengar el desprecio que hubiéremos hecho de su gracia (Rom. 12. 19).

Justo castigo—dice San Agustín —será el que no pueda salvarse cuando quisiere quien cuando pudo no quiso.


Quizá diga alguno: ¿Quién sabe? Tal vez podrá ser que entonces me convierta y me salve... Pero ¿os arrojaríais a un pozo diciendo: ¿Quién sabe?, ¿podrá ser que me arroje aquí, y que, sin embargo, quede vivo y no muera?... ¡Oh Dos mío!, ¿qué es esto? ¡Cómo nos ciega el pecado y nos hace perder hasta la razón! Los hombres, cuando se trata del cuerpo, hablan como sabios y como locos si del alma se trata.
 ¡Oh hermano mío! ¿Quién sabe si este último punto que lees será el postrer aviso que Dios te envía? Preparémonos sin demora para la muerte, a fin de que no nos halle inadvertidos.












DEL   APLAZAMIENTO   DE   LA   CONVERSIÓN




















PREPÁRATE PARA EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN
CATEQUESIS DEL SACERDOTE COLOMBIANO CARLOS CANCELADO








PURGATORIO: MIENTRAS ESTAMOS VIVOS PODEMOS REPARAR CON EL CUERPO (LA CARNE), LOS PECADOS QUE HEMOS HECHO, LOS EFECTOS DEL PECADO,  PORQUE CON EL CUERPO LOS HEMOS COMETIDO., UNA VEZ MUERTO,  SOMOS ESPÍRITU, NO HAY CARNE, NO HAY CUERPO EN QUE REPARAR………EL ESPÍRITU SE PURIFICA……..CON FUEGO.




DIOS PERDONA, PERO TAMBIÉN CASTIGA

"Y así como el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio (Heb 9,27)

Dios es bueno y justo (cf. Sal 25,8), y a través de su orden retribuye con premio a los elegidos o con castigo a los réprobos (cf. 2 Tes 1,6-12).
Romanos 5:12

Por esta razón, así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.


La inmortalidad del hombre era condicional a su constante comunión con Dios, la única Fuente de Vida.
Al desobedecer a Dios, es decir, al pecar, el hombre pasó a ser una criatura mortal, condenada a morir.


El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf.Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida. (Cat990)


“la justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción”.
Por ejemplo, Dios no perdona a todos, sino solamente a quienes se arrepienten y tienen propósito de enmienda, precisamente porque así lo exige su justicia.


Pues si a los enemigos de tus hijos, merecedores de la muerte, con tanto miramiento e indulgencia los castigaste dándoles tiempo y lugar para apartarse de la maldad, ¿con qué consideración no juzgaste a los hijos tuyos, a cuyos padres con juramentos y pactos tan buenas promesas hiciste? Así pues, para aleccionarnos, a nuestros enemigos los flagelas con moderación, para que, al juzgar, tengamos en cuenta tu bondad y, al ser juzgados, esperemos tu misericordia.; Por eso, a los que en su locura habían llevado una vida injusta, los atormentaste con sus propias abominaciones. (Sab 12,20-22)


En los condenados aparece la misericordia no porque les quite totalmente el castigo, sino porque se lo alivia, ya que no los castiga como merecen. Y en la justificación del pecador aparece la justicia, pues quita la culpa por amor, el mismo amor que infunde misericordiosamente. Se dice de la Magdalena en Lc 7,47: Mucho se le perdonó porque mucho amó.


También en el hecho que los justos sufran en este mundo aparece la justicia y la misericordia. Pues por tales sufrimientos se les limpian pequeñas manchas, y el corazón, dejando lo terreno, se orienta más a Dios. Dice Gregorio: Los males que en este mundo nos oprimen, nos empujan a ir a Dios.







JUICIO PARTICULAR

Inmediatamente luego de morir nosotros somos juzgados y recibimos el castigo o el premio. Nos enseña santo Tomás de AquinoDR  que:
Las almas consiguen el castigo o premio inmediatamentedespués de su separación del cuerpo. Esto mismo demuestran también las palabras del mismo Apóstol al decir: -Deseo morir para estar con
Cristo-. Ahora bien, Cristo está en los cielos. Luego el Apóstol espera ir al cielo inmediatamente después de separarse del cuerpo.


Precisamente y de manera alegórica podemos decir que «a la tarde te examinarán en el amor». Y es que nadie ha de escapar a este momento clave para nuestra eternidad y muy poco nos preparamos a sabiendas de lo mucho que ha de significar para nosotros este juicio, este examen de caridad al que nos veremos sometidos.

La Sagrada Escritura nos ofrece un testimonio indirecto del juicio particular, pues enseña que las almas de los difuntos reciben su recompensa o su castigo inmediatamente después de la muerte; cf. Eccli 1, 13; 11, 28 s (G 26 s).


El pobre Lázaro es llevado al seno de Abraham (limbus Patrum) inmediatamente después de su muerte, mientras que el rico epulón es entregado también inmediatamente a los tormentos del infierno (Lc 16,22 s).


El Redentor moribundo dice al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

 Judas se fue «al lugar que le correspondía» (Hch 124. Santo Tomas de Aquino, Contra los gentiles, cap. XCI 125. San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57320 Mal físico punitivo 1, 25).


Para San Pablo, la muerte es la puerta de la bienaventuranza en unión con Cristo; Fil 1, 23: «Deseo morir para estar con Cristo»; «en el Señor» es donde está su verdadera morada (2 Cor 5, 8).

Con la muerte cesa el estado de fe y comienza el de  la contemplación (2 Cor 5, 7; 1 Cor 13, 12).

El Nosotros decidimos pecar o no, Dios decide nuestro destino y siempre ha sido así, que nadie crea que se puede abstraer o manipular el orden de Dios. La decisión, distinción, juicio del destino final no depende de nosotros, depende de Dios, nosotros decidimos en la tierra si pecar o no, luego de tu  muerte Jesús es el que va a decidir si vamos al cielo o al infierno (condenación), de hecho hay quien se vaya a sorprender del bien o mal que hizo, los que vayan al cielo ignoran incluso buenas obras que hicieron a Cristo, y los que se condenen ignoran por su parte que rechazaron a Cristo en muchas situaciones (cf. Mt 25,31-46).

Al decir que Jesús vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos entendemos que Jesús Nuestro Señor, en el fin de los tiempos, juzgará a todos los hombres y dará a cada uno el premio o
castigo que hubiere merecido.

Nuestro destino lo sabemos inmediatamente luego de morir en nuestro juicio particular, en el juicio final se reafirma nuestro destino y en el caso de los vivos lo conocen en ese momento exacto, pero adicionalmente y es algo que se olvida, cada uno de nosotros recibiremos en nuestro cuerpo la gloria o pena merecida.


En el Juicio Final, Jesucristo ha de juzgar vivos y muertos, en el caso de los vivos, estos estarían recibiendo su retribución eterna en ese preciso momento, los muertos en cambio ya habrían
para entonces recibido su retribución en su juicio particular.


La diferencia entre el juicio particular y el final, es que en el final, nuestro adorado Jesucristo ”vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10), se conocerá todo de todos, no para escarnecer y hacernos sentir vergüenza, sino para alabar la Justicia y Misericordia de Dios.


La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final.


Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras.


Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno.


Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva.
Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros.


El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza.


Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras

«Alejaos de mí, malditos al fuego eterno»
(Mt 25, 41). [133]

Dios quiere que «todos lleguen a la conversión» (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios.










SAN AGUSTÍN (HOM. 13) DICE QUE EL SEÑOR NOS OCULTA LA ÚLTIMA HORA DE LA VIDA CON OBJETO DE QUE TODOS LOS DÍAS ESTEMOS DISPUESTOS A MORIR.

San Pablo nos avisa (Fil. 2, 12) que debemos procurar la salvación no sólo temiendo, sino temblando.

Se trata de la eternidad. Si el árbol cayera hacia el Septentrión o hacia el Mediodía, en cualquier lugar en que cayere, allí quedará (Ecl. 11, 3). Si al llegar la muerte, nos halla en gracia, ¿qué alegría no sentirá el alma, viendo que todo lo tiene seguro, que no puede ya perder a Dios, y que por siempre será feliz?...
Mas si la muerte sorprende el ánima en pecado, ¡qué desesperación tendrá el pecador, al decir: En error caí (Sb. 5,6), y mi engaño eternamente quedará sin remedio!


Por ese temor decía el Santo P. M. Avila, apóstol de España, cuando se le anunció que iba a morir: ¡Oh, si tuviera un poco más de tiempo para prepararme a la muerte! Por eso mismo, el abad Agatón, aunque murió después de haber hecho penitencia muchos años, decía: ¿Qué será de mí? ¿Quién sabe los juicios de Dios?


También San Arsenio tiembla en la hora de su muerte; y como sus discípulos le preguntaran por qué temía tanto: Hijos míos—les respondió—«o es en mí nuevo ese temor; lo tuve
siempre en toda mi vida. Y aún más temblaba el santo Job, diciendo: ¿Qué haré cuando Dios se levante para juzgarme, y qué le responderé cuando me interrogue?



Sola Misericordia

Así como hay herejías que promulgan la “sola fide” (sola fe) también hay podríamos hablar de una “sola misericordia”, un rechazo a la Justicia divina como si se pudiera substraer de Dios este atributo suyo, o substraerlo de todas sus operaciones. Y es que como nos dice san Josemaría Escrivá de Balaguer: Hay mucha propensión en las almas mundanas a recordar la Misericordia del Señor. —Y así se animan a seguir adelante en sus desvaríos Es verdad que Dios Nuestro Señor es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo: y hay un juicio, y El es el Juez.


 No temas a la Justicia de Dios. -Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor. [8] Hay un riesgo muy grande para nuestra salvación cuando solo nos quedamos con la idea de que Dios es Misericordioso, disminuyendo o eliminando su Justicia. No debemos nunca confiar temerariamente en la Misericordia de Dios despreciando su Justicia, al respecto san Alfonso María de LigorioDR nos advierte: Escribe un sabio autor que más almas envía al infierno la misericordia que la justicia de Dios, porque los pecadores, confiando temerariamente en aquélla, no dejan de pecar, y se pierden. El Señor es Dios de misericordia, ¿quién lo niega? Y, sin embargo, ¡ a cuántas almas manda Dios cada día a penas eternas! Es, en verdad, misericordioso, pero también es justo; y por ello se ve obligado a castigar a quien le ofende. Usa de misericordia con los que le temen.




Retribución

Un falso sentido de justicia, lleva a pensar que Dios no ha dispuesto sufrimiento para el pecador (o para el inocente que redime al pecador) y que por lo tanto este tipo de retribución no forma parte de su orden establecido.

[...] los justos juicios de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras. El dará la Vida eterna a los que por su constancia en la práctica del bien, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. En cambio, castigará con la ira y la violencia a los rebeldes, a los que no se someten a la verdad y se dejan arrastrar por la injusticia. (Rom 2,5-8)

Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo(cf. Jn 5,22). En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse. [13] Es muy necesario insistir en los tipos de retribución y darnos cuenta del orden de Dios. En las Sagradas Escrituras leemos: Escribe al Ángel de la Iglesia de Tiatira: “El Hijo de Dios, el que tiene los ojos como llamas de fuego y los pies semejantes al bronce fundido, afirma: [...] Y yo retribuiré a cada uno según sus obras. (Ap 2,18-29)

Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos, antes bien, den lugar a la ira de Dios. Porque está escrito: Yo castigaré. Yo daré la retribución, dice el Señor. (Rom 12,19)


Esta imagen de Jesús como Sumo Juez puede resultar incomoda o hasta incomprensible para quienes no conocen el verdadero amor y asumen que todo se perdona sin miramientos ni condiciones, pero esto no es más que una miserable caricatura de Nuestro Señor como bien lo expresa Card. Ratzinger (Benedicto XVI):

Un Jesús que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y del verdadero amor, no es el verdadero Jesús tal y como lo muestra la Escritura, sino una caricatura suya miserable. Una concepción del «Evangelio» en la que ya no existe la seriedad de la ira de Dios, no tiene nada que hacer con el Evangelio bíblico. Un verdadero perdón es algo completamente distinto de una débil permisibilidad. El perdón está lleno de pretensiones y compromete a los dos: al que perdona y al que recibe el perdón en todo su ser. Un Jesús que aprueba todo es un Jesús sin la cruz, porque entonces no hay necesidad del dolor de la cruz para curar al hombre. Y, efectivamente, la cruz cada vez más viene excluida de la teología y falsamente interpretada como un mal suceso o como un acontecer puramente político.


San Hilario de PoitiersDR y Santa Teresita de LisieuxDR respectivamente nos recuerdan la misericordiosa consideración que tiene para con nosotros su Justicia:


Dios no siempre se vale de la ocasión de los pecados de los hombres para perderlos, no está observando para esto el momento en que caen en el error y el pecado, como si estuviera ignorante de la debilidad de su naturaleza: muchas veces disimula sus faltas, y dilata el castigo, para darles con esta dilación tiempo para buscar el remedio, y alivio de sus males en la penitencia.


 De este modo á todos da señales muy claras de su benignidad; porque con una conducta moderada entre la misericordia y la justicia, se reserva el poder de templar la severidad con el perdón.

Lo más grande que yo hallo en Dios, y lo que yo alabo y admiro en su poder, no es el haber formado el cielo, pues es poderoso; no el haber fundado la tierra, pues es la misma fuerza; no el haber arreglado el año con el curso de los astros, pues es tan sabio; no el haber animado al hombre, cuando es la misma vida sino el ser misericordioso, siendo justo; el ser clemente, siendo Rey; el ser sufrido, siendo Dios: y esto es lo que se comprehende en estas palabras: Contarán lo excesivo de vuestra benignidad, y ensalzarán con vuestras alabanzas vuestra justicia.


 Santa Teresa del Niño Jesús escribía al Padre Roulland: Yo sé que hay que ser bueno y puro para aparecer ante Dios, pero sé también que el Señor es infinitamente justo, y esta justicia, que asusta a tantas Almas, es el sujeto de mi alegría y de mi confianza.

Ser justo no es solamente ejercer la severidad para castigar a los culpables, es además reconocer las rectas intenciones, y recompensar la virtud. Espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia; porque Él es compasivo, lleno de dulzura, lento al castigo y abundante en piedad. Él conoce nuestra fragilidad y recuerda que no somos más que polvo. Como un padre tiene ternura para con sus hijos, así el Señor tiene compasión de nosotros.


El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo;
 no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro.

Los días del hombre duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
 que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla.


Pero la misericordia del Señor
dura desde siempre y por siempre,
para aquellos que lo temen;
su justicia pasa de hijos a nietos:
 para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos.
(Sal 103,8-18)






El Cordero de Dios quita el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29) con el altísimo precio de su sangre sin tacha y sin mancilla (cf. 1 Pe 1,19; 1 Co 6,20 ; 1 Pe 1, 18-20) rescatando así a una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), pagando por nuestros pecados (cf. 1 Co 15, 3) para que recibamos el perdón (cf. Mt 26, 28), especialmente el pecado original, cuya transgresión fue sancionada por Dios con la muerte física (cf. Gén 3,3) y que por la desobediencia de Adán heredamos todos los hombres (cf. Rm 5,12). Pero del mismo modo que por la desobediencia de un hombre entro el pecado al mundo, así por la obediencia de Cristo (cf. Flp 2,8) todos fuimos redimidos y reconciliados con Dios (cf. 1 Co 15,56 ; 1 Pe 1, 18 ; 2 Co 5, 19; Rom 5,11-12; 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36).


San AmbrosioDR nos llama la atención: Considera dónde eres bautizado, de dónde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado.



En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados. (1 Jn 4, 7-19)




Ahora bien desde la dimensión de la Justicia, podemos afirmar que “Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32) para que fuéramos “reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10), es así que el Señor Jesús recibió el castigo que nos tocaba a cada uno de nosotros por nuestras culpas (cf. Is 53,11 ; Rm 5,19), así lo quiso Dios Padre desde la eternidad (cf. Hch 2,23; Cat 599) al igual que el Hijo (cf. Jn 10, 18; Cat 609). Dios nos castigó a nosotros a través de su Hijo,
los frutos y bienes de este castigo se reciben en gracia santificante, de otra forma permanece el reato de pena eterna (cf. 1 Jn 5,16-17) que El cancela en la cruz (cf. Col 2,14). Pero atención; no es cierto que porque Jesús haya muerto en la cruz ya no exista castigo para el hombre que transgrede los mandamientos del Señor (cf. Mt 7,18-27) nada queda impune (cf. Mt 5,26) “porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal” (2 Co 5,10)


Debemos darnos cuenta de cuan graves son nuestros pecados y cuan necesario es el sacrificio de Jesús. La flagelación terrible que desangró y desgarró las carnes de nuestro adorado Jesucristo, además de ser desvestido y recibir mofas, humillaciones de todo tipo, golpes y escupitajos por parte de los soldados del procurador (cf. Mt 27,26-30; Mc 15,15), así como cargar con la pesada cruz (cf. Jn 19,16-17) para luego ser amarrado y clavado en ella (cf. Mc 15, 22-27), y tener una muerte terrible, probablemente de asfixia o paro cardíaco (cf. Mc 15, 33-37) es el castigo que nos merecemos cuando pecamos, pero quiso Nuestro Señor recibir el castigo que habíamos merecido con nuestras culpas, reparando nuestras faltas y satisfaciendo al Padre por nuestros pecados [22] de tal modo que se cumpliera toda justicia y al mismo tiempo no estuviéramos separados de El a causa del pecado original.


Todos nosotros hemos muerto en El (cf. 2 Co 5, 14) y por lo tanto con su resurrección hemos logrado también nuestra victoria (cf. 1 Co 15,57). No olvidemos los sufrimientos que padeció nuestro adorado Jesús así como tampoco las lágrimas que le costamos a María Santísima, ella las derramó y nosotros pecamos, ella sabe cuánto dolor costó nuestra redención y nos ayuda con mucho celo a llegar a Nuestro Señor para que su redención no sea en vano, ¡que no se nos olvide el alto precio que pagó Cristo con su preciosa sangre!

Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes. (1Pe 1,18-20)







Perdón


En cuanto al perdón divino, Nuestro Señor Jesucristo no es sólo el mediador, sino que lo concede por su propio poder: «Tus pecados te son perdonados» (Mt9,2.5s; Mc 2,5.9s; Lc 5,20.23s; 7,48).

Atribuyéndose la autoridad divina y por tanto haciendo muestra de su naturaleza divina. Sus oyentes así lo entendieron y por eso escandalizados se preguntaban «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2,7; Lc 5,21; cf. Mt9,3) o «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» (Lc 7,49).

Efectivamente Jesús tenía autoridad de perdonar los pecados por ser verdadero Dios, pero Jesús además transmite este poder a sus discípulos estableciendo el sacramento de la Penitencia y Reconciliación (Confesión). Veamos las Sagradas Escrituras:

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». (Jn 20,21-23) Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. (2 Co 5,18 ) Hasta tal punto Dios delega la autoridad de perdonar los pecados en sus ministros, que pueden retener el perdón. No olvidemos el “a quienes se lo retengáis, les quedan retenidos” que es una frase por demás interesante en términos de la autoridad delegada, similar a lo dicho por Nuestro Señor en cuanto a la autoridad de “atar” y “desatar” (cf. Mt 18,18. 16,19)



El único pecado que no se perdona es la «blasfemia contra el Espíritu Santo» (Mt 12,31s; Mc 3,29; Lc 12,10) y “este pecado es imperdonable porque es un rechazo obstinado a convertirse al amor misericordioso de Dios Padre” [28]. Es no querer arrepentirse. Y Dios no puede perdonar al que no quiere arrepentirse.[29] ya que como mencionamos antes Dios perdona justamente (cf. 1 Jn 1,9).



I. Los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo (cf. DS 1673):

a) la contrición (cf. Ga 5; Rm 12-15; 1 Co 12 13; Ef 4-6; Lc 7,36-50; Concilio de Trento: DS 1676-1678,1705)


 b) la confesión de los pecados (cf. Stg 5,16, Mc 1,5; Hch 19,18 ; 1 Jn 1,9 ; DS 1679-1683)


c) la satisfacción (cf. Rm 8,17; Lc 3,8; DS 1690-1691, 1712) II. La acción de Dios por el ministerio de la Iglesia (cf. Jn 20,23; 2 Co 5,18 ; Mt 18,18 ; DS 1684-1685)


Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia, en nombre de Jesucristo, concede el perdón de los pecados mediante la absolución, determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial (cf. Cat 1448) Al oír confesiones, tenga presente el sacerdote que hace las veces de juez y de médico, y que ha sido constituido por Dios ministro de justicia y a la vez de misericordia divina, para que provea al honor de Dios y a la salud de las almas. (CDC978 § 1)


San Juan CrisóstomoDR también nos enseña el valor de la justicia durante la confesión, pues: El que no quisiese experimentar la bondad de Dios , confesando sus culpas, experimentará la justicia, por haberlas callado ; solamente el rigor del Juez severo podrá castigar la tenacidad de aquel que pudo borrar sus pecados con la confesión y penitencia. [32]


¿Puede haber cosa comparable á la honra del Sacerdocio? El cielo saca la principal autoridad de sus juicios, de los que se hacen en la tierra.
 Estos Jueces espirituales tienen su Tribunal en la tierra , y el mismo Señor sigue las decisiones de sus siervos, y de ellos en esta baja región del mundo.

 El Sacerdote está como en medio de Dios y el hombre , para traernos los beneficios que Dios nos envía, y para presentarle las peticiones que le hacemos; para reconciliarnos con él, para desarmarle en su ira , y para apartar de nosotros sus castigos cuando le hemos ofendido.[33]

Cuando somos juzgados de esta suerte, el Señor es el que nos castiga. Porque mas es advertencia, que condenación; mas es remedio , que pena, mas es corrección, que castigo. [34]

 Nosotros mismos podemos imponernos una pena en reparación de nuestros pecados habiendo obtenido la gracia santificante en el bautismo o recuperándola en el sacramento de confesión, adoptando de este modo una forma de penitencia que no solo es sana, sino necesaria, san AgustínDR nos señala las bondades de hacer penitencia para evitar así el castigo de Dios: La culpa ha de ser castigada procurad pues, prevenir a Dios.
Castigadla en vosotros , si no queréis que Dios la castigue. Reconoced su enormidad , para que Dios la desconozca y la perdone. (Sal 44.)[35]
Todo pecado, sea grave ó leve, ha de tener su pena , ó el mismo pecador le castiga con la penitencia, ó Dios con su justicia. (Sal58) [36]


Al cometer pecado mortal nos apartamos de Dios, y el castigo es la condenación eterna, pero si nos arrepentimos y pedimos perdón  en el sacramento de la penitencia el sacerdote nos reconcilia con Dios, y Dios nos perdona, pero aún quedan los efectos del pecado los cuales hay que reparar para evitar el purgatorio o que sea menos largo, la diferencia entre el infierno y el purgatorio es que de este podremos salir, del infierno no hay esperanza, de ahí no se sale.

Es dogma de fe que a los pecados mortales les corresponde una pena eterna y a los pecados veniales una pena temporal (DS 1304-1306; 1575) que se cumple en la tierra o en el purgatorio, ambos de carácter temporal. El pecado mortal entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia; sin el arrepentimiento del hombre y el perdón de Dios, causa la muerte espiritual eterna en el infierno o que es lo mismo la separación eterna para con Dios.



Para que haya pecado no hace falta querer directamente ofender a Dios. Peca todo el que hace voluntariamente lo que sabe que Dios ha prohibido. [14]




Satisfacción en el purgatorio

Se dice satispasión y no satisfacción, ya que las almas del purgatorio no satisfacen su deuda, sino que se limitan a cumplirla.

Sin embargo, «hay que notar que esta dolorosa satispasión es no sólo aceptada por la voluntad, sino que es ofrecida por medio de una ardiente caridad, con adoración profunda de la Justicia suprema»

Todo pecado venial conlleva el reato de alguna pena. Esto es de fe divina y católica [...] también para el pecado venial la ley de Dios impone pena o castigo.

 Cuando Dios impone la pena temporal que hemos de padecer hablamos de pena temporal purgativa o satispasión y cuando la pena temporal es elegida por nosotros mismos, por ejemplo a modo de penitencia, entonces hablamos de pena temporal satisfactoria.

 Sobre la pena satisfactoria nos comenta santo TomásDR que: El orden de la justicia exige que se castigue el pecado. Pues la conservación del orden en las cosas manifiesta la sabiduría de Dios que las gobierna. Luego el castigo del pecado pertenece a la manifestación de la bondad y gloria de Dios. Pero el pecador, al pecar, obra contra el orden establecido por Dios, quebrantando sus leyes. Según esto, es conveniente que lo restablezca, castigando en sí mismo lo que antes había pecado; y así se sitúa totalmente fuera del desorden.


santo TomásDR: Después que el hombre ha conseguido por la gracia la remisión del pecado y ha sido restablecido al estado de gracia, queda obligado por la justicia de Dios a sufrir alguna pena por el pecado cometido [...y como] lo que está sometido a la divina providencia no puede quedar desordenado, Dios se la impondrá. Y esta pena no se llama satisfactoria, puesto que no ha sido elegida por quien la sufre, sino que se llama “purgativa”, pues al castigarle otro viene como a purgarse mientras se restablece lo que él desordenó.


Escribe santo TomásDR que “Los pecados veniales se les perdonan después de esta vida, incluso en cuanto a la culpa (...) sin que merezcan la absolución o remisión de la pena, como ocurre en esta vida”, es decir quienes están en el purgatorio nada pueden hacer por ellos mismos para que sus penas se reduzcan o se absuelvan.
No olvidemos que es dogma de fe que nosotros si podemos -si estamos en estado de gracia- ayudar eficazmente a las almas del purgatorio con nuestros sufragios.


Por esto dice el Apóstol: “Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Mas, juzgados por el Señor, somos corregidos para no ser condenados con el mundo”.







Matar en defensa propia no es pecado

Esto nos enseña el Catecismo: La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común. (Cat 2321)

“La acción de defenderse [...] puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor” [48]. “Nada impide que un solo acto tenga dos efectos, de los que uno sólo es querido, sin embargo el otro está más allá de la intención” [6]. (Cat 2263)

El acto humano de defender la propia vida y de los seres queridos bajo nuestra responsabilidad no solo es bueno sino incluso un deber que tenemos que cumplir. Ahora bien, ese acto bueno en sí mismo, tendrá dos efectos eventualmente, que sobrevivamos y también la muerte del agresor, lo importante es que realmente lo segundo no sea en sí misma nuestra intención, sino el primer efecto.

El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal: «Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita [...] y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro» [7]. (Cat 2264)

Sobre esto último que nos indica santo TomásDR es menester considerar que al defendernos debemos mesurar nuestra violencia pero siempre sobreponiendo sobre la vida del agresor, la nuestra propia; no sería lícito por ejemplo, matar a tiros a un jovencito desarmado que está robando el farol del portal de nuestra casa.


San Juan Pablo II nos dice: Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, «puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara » (Gn 4, 15). Le da, por tanto, una señal de reconocimiento, que tiene como objetivo no condenarlo a la execración de los demás hombres, sino protegerlo y defenderlo frente a quienes querrán matarlo para vengar así la muerte de Abel.
Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Es justamente aquí donde se manifiesta el misterio paradójico de la justicia misericordiosa de Dios, como escribió san Ambrosio: «Porque se había cometido un fratricidio, esto es, el más grande de los crímenes, en el momento mismo en que se introdujo el pecado, se debió desplegar la ley de la misericordia divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente al culpable, no sucedería que los hombres, al castigar, usen cierta tolerancia o suavidad, sino que entregarían inmediatamente al castigo a los culpables. (…) Dios expulsó a Caín de su presencia y, renegado por sus padres, lo desterró como al exilio de una habitación separada, por el hecho de que había pasado de la humana benignidad a la ferocidad bestial.

 Sin embargo, Dios no quiso castigar al homicida con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte” . Papa Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, 9.




“quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,27). Nos enseña el Catecismo que: Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col 1, 24).

Entonces llegan a ser plenamente “colaboradores [...] de Dios” (1 Co 3, 9; 1Ts 3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11). (Cat 307)

De cualquier manera no hay que desanimarse, para empezar nuestras cruces en la Tierra son de carácter temporal y al final de cada una hay resurrección, una hermosísima y encantadora resurrección. La muerte de Jesús en la cruz [...] nos enseña que el sufrimiento es un medio de purificación y de elevación moral; un medio para alcanzar y poseer la verdadera felicidad.

Cristo, que elevado sobre la tierra en la cruz atrae a sí a toda la humanidad (Jn 12,32) y le conquista para siempre el corazón, nos hace comprender todo el profundo significado de las palabras evangélicas que proclaman bienaventurados a los que lloran y son perseguidos (cf. Mt 5,5.10) [15]

 Podemos preguntarnos... si el sufrimiento tiene sentido salvífico ¿implica que Jesús no nos evita males físicos? ¡De ningún modo podemos decir tal cosa!, pues Jesús se interesa no solo de nuestra salud espiritual sino también física, pero principal y primeramente nuestra salud del alma, más que la física.



Nuestro Señor declara que «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan» (Lc 5,31-32) y precisamente en eso consiste su misión, a tal punto que habiendo hecho milagros donde curó a muchos enfermos, devolviéndoles la salud, al ver que no se convertían, consideró que el fin de sus milagros no fue cumplido a cabalidad a causa de la culpa de esas personas y nos dice el Evangelio que:

 Entonces se puso a maldecir a las ciudades
 en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros,
porque no se habían convertido:

«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!
Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho
los milagros que se han hecho en vosotras,
tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido.
(Mt 11,20-21)

Dios no se contenta con la muerte del malvado que no se convierte, y es que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”

(Mc 12,27), por eso nos dice el Señor:

Por mi vida —oráculo del Señor Dios—
que yo no me complazco en la muerte del malvado,
sino en que el malvado se convierta y viva.
Convertíos, convertíos de vuestra perversa conducta.


Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba.[1] Dios es la fuente de todo bien y es además el sumo bien; al privarnos a través de su orden de un bien nos da otro mejor, por ejemplo algunos personas perdiendo la salud hallaron a Dios y se convirtieron.
Podríamos preguntarnos ¿hace falta que Dios nos haga pasar por la Cruz para hallar esos bienes?, pues si seguimos las enseñanzas de las escrituras no quedará duda de que la Cruz es el camino a la resurrección, que debemos atravesar el desierto para llegar a tierra prometida y que como dice un dicho popular «Sin dolor no hay ganancia».



Si Dios nos da la gracia de tener salud, debemos ser agradecidos y evitar el pecado, convertirnos, pues Nuestro Señor no solo procura la salud del cuerpo sino también del alma.

San Isidoro de SevillaDR nos dice que:

Los sufrimientos temporales le aprovechan al justo para la felicidad eterna. Por ello, el justo debe gozarse en medio de sus penas, y el impío temer en la prosperidad.

 Digamos pues como el salmista “Me estuvo bien el sufrir, / así aprendí tus mandamientos. [...] Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos, / que con razón me hiciste sufrir” (cf. Sal 119,71.75; Salmo Responsorial 118)


Tomar la cruz de cada día es asumir el mal físico que nos toca cada día, los dolores, sufrimientos y que todo eso sirva para acercarnos a Jesucristo, sino tenemos culpa será un sufrimiento con carácter redentor y si tenemos culpa servirá como expiación de nuestras culpas.

Con Cristo perdiendo se gana, las Sagradas Escrituras nos recuerdan que en cierta ocasión: Dijo Jesús a sus discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero,
si arruina su vida?
O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?

«Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. (Mt 16,13-23)


San Josemaría nos enseña que: Aunque todo se hunda y se acabe, aunque los acontecimientos sucedan al revés de lo previsto, con tremenda adversidad, nada se gana turbándose.
Además, recuerda la oración confiada del profeta:

“El Señor es nuestro Juez,
el Señor es nuestro Legislador,
el Señor es nuestro Rey;
El es quien nos ha de salvar”.

—Rézala devotamente, a diario, para acomodar tu conducta a los designios de la Providencia, que nos gobierna para nuestro bien.



Dios no pide que demos mucho, sino que demos lo que tengamos y lo pongamos a su disposición, para que El lo acreciente: Así es como el Señor hizo de Teresita una gran santa.

«Cinco panes y dos peces», muy poca cosa, es lo que aquel joven del Evangelio puso en manos de Jesús, pero con su mínima ofrenda vino a dar de comer a una gran multitud.

 No se hubiera producido el milagro probablemente si hubiera entregado solo cuatro panes y un pez. Pero él, movido por la gracia, hizo al Maestro la ofrenda de todo lo que tenía.

De modo semejante, Teresa, dócil a la acción  se entrega a Dios entera, sabiéndose muy pequeña, y llega a una altísima santidad personal. Viene a ser además una de las Santas más santificantes para los cristianos de su tiempo, hasta el día de hoy, ayudados por su ejemplo y sus escritos: tres cuadernos escolares.


Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; se tuvo por quebranto su salida, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz. Aunque, a juicio de los hombres, hayan sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad; por una corta corrección recibirán largos beneficios. pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí; como oro en el crisol los probó y como holocausto los aceptó. El día de su visita resplandecerán, y como chispas en rastrojo correrán. (Sab 3,1-7)



La pena es, pues, un mal («malum poenae») [mal físico de pena] que se deriva de otro mal («malum culpae») [mal moral]. Aunque el mal, como defecto del bien, sigue naturalmente la suerte de todo ser finito, sin embargo sabemos por la Revelación que Dios había creado al hombre en un estado tal que, si él no hubiera pecado, no habría sufrido mal ninguno. Como consecuencia de la culpa original, el mal invadió el mundo bajo la forma de pecado y de pena.


El castigo se entiende como la pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta.
En el contexto de la justicia divina, tal transgresión es el pecado (mal moral); que no es más que la desobediencia a la voluntad de Dios o en otras palabras, atentar libremente contra su orden establecido. Y precisamente sobre la libertad recalca san AgustínDR:

Y, por lo mismo, si el hombre no estuviera dotado de voluntad libre, sería injusto el castigo e injusto sería también el premio.


Todo pecado conlleva culpa (mal moral o desorden moral) y pena (mal físico ordenado), pero aunque un inocente no merezca una pena, podría asumir las veces de pecador para reparar por él, como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo pagando por nuestras culpas voluntariamente, en ese caso quien recibe la pena se denomina víctima y de ningún modo culpable como si ocurre con quien recibe la pena por culpa propia.

Por eso nos dice Santo TomásDR que “uno que no pecó voluntariamente, soporte la pena por otro”. Y no hay injusticia si quien recibe la pena es inocente, pues como dice san AgustínDR “toda pena es justa y se inflige por algún pecado” aunque quien la reciba no sea el culpable.

Gracias al orden de Dios, se permite esta clase de reparación de inocentes pagando por pecadores, y ha sido así que todos hemos sido salvados por medio del sacrificio redentor de Cristo; perfecto inocente.


A causa de su culpa y según el sapientísimo designio de Dios, muchos malvados no reciben una pena medicinal, y es así que algunos malvados disfrutan de mucha paz, riqueza y buena salud, como preámbulo a su condenación (cf. Sal73).


Beato Pablo VI nos recuerda que: Según nos enseña la Divina Revelación, las penas son consecuencia de los pecados, infligidas por la santidad y justicia divinas, y han de ser purgadas bien en este mundo, con los dolores, miserias y tristezas de esta vida y especialmente con la muerte, o bien por medio del fuego, los tormentos y las penas catharterias (purificadoras) en la vida futura.


San Francisco de Asís destaca a su vez que: Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que, en todas sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra.

Como vemos, la satisfacción, forma parte fundamental de la Justicia Divina y particularmente de la pena temporal.


San Pedro DamiánDR destaca otra característica de las penas temporales que además de restablecer el orden moral, preservan de caer en la pena eterna, pues:

 Son dignos, ciertamente, de alabanza los designios de Dios, que inflige a los suyos castigos temporales para preservarlos de los eternos, que hunde para elevar, que corta para curar, que humilla para ensalzar.





La existencia del purgatorio es dogma de fe, en el Concilio de Florencia se define solemnemente su existencia en términos casi idénticos al de Lyon (cf. DS 1304). No debe caber ninguna duda de que “existen penas temporales y purgatorias después de esta vida y antes del juicio final”.


Santo TomásDR nos explica que: Quien se desvía del último fin debe recibir una pena eterna. Por la misma razón de justicia se da castigo a los pecados y premio a los actos buenos (c. 140). Mas el premio de la virtud es la bienaventuranza, que es eterna, según se demostró (c. 140). Por consiguiente, la pena por la cual es uno excluido de la bienaventuranza debe ser también eterna. Por esto se dice: “E irán los malos al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna”.



Es un error afirmar que Dios no castiga e ignorar su orden de justicia, por ejemplo la desobediencia de Adán tuvo consecuencias, pero no consecuencias desordenadas e impredecibles, sino ordenadas por la Justicia Divina.

En su decreto sobre el pecado original nos enseña el concilio de Trento que Adán, por haber transgredido el precepto de Dios, atrajo sobre sí el castigo de la muerte con que Dios le había amenazado y transmitió además este castigo a todo el género humano (DS 788 ss; cf. DS 101, DS 175)
Dios entonces priva a través de su justa sentencia a Adán y Eva del don preternatural de la inmortalidad corporal que gozaban en el principio (cf. Gen 2, 17; 3, 19) y la impasibilidad.


Al pecar entramos en oposición con Dios, que es causa de toda existencia, y nos hacemos dignos de la nada, de desaparecer completamente, pues la oposición con Dios es siempre autodestructiva, no porque Dios me destruya, sino porque el pecado destruye y por consiguiente Dios no tiene porque darme ni restituirme ninguna gracia, ni siquiera la existencia misma.

El que siga existiendo y gozando de algún bien incluso luego de haber pecado se debe a la misericordia de Dios.

Es Dios quien tiene la potestad de enviar o no ciertas gracias luego de que pecamos (incluyendo gracias físicas).

Pero “no se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra” (Gál 6,7) porque Dios es justo y “pagará a cada uno según lo que merezcan sus obras” (Rom 2,6).

El pecador es indigno de recibir la gracia de Dios y resulta que todo es gracia de Dios, con lo cual depende exclusivamente de la divina providencia el que un pecador reciba una u otra gracia. Dios podría sustraer cualquierdon, sin que esto implicara alguna injusticia, el pecador no es digno de absolutamente nada.


Es importante mencionar que las penas no son infligidas por Dios desde el exterior, sino que brota de la naturaleza misma del pecado (Catecismo 1472) y esto se entiende porque una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena (cf Concilio de Trento: DS 1712-13; 1820), en otras palabras sin mal de culpa no hay pena posible. Dios a pesar de no crear el mal físico lo ordena, y eso si lo hace Dios desde el exterior, pero Dios nunca introduce el mal de pena, lo ordena desde fuera, pero no lo introduce.

Es gracias a Dios que ordena los bienes físicos que no desaparecemos con el primer pecado que cometemos.

Dios a través de su orden o sentenciado como Juez justo determina la pena o en otras palabras determina que gracias dejará de enviar con tu condición pecadora, si Dios fuera sola y exclusivamente justo, no enviaría ninguna gracia luego de pecar.


Mirad, pues, cómo oís;
porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga,
aun lo que crea tener se le quitará.
(Lc 8,18)

Nuestro Señor menciona que “aun lo que crea tener se le quitará” y es que efectivamente nosotros creemos tener algo, cuando en realidad es Dios la fuente de toda gracia, nada tenemos y nada somos sin la gracia de Dios.

Santo Cura de Ars en clara advertencia nos dice:

¡Ay, hermanos míos!
Abusamos del tiempo cuando disponemos de él,
despreciamos las gracias que Dios nos ofrece,
más, frecuentemente, el Señor para castigarnos, nos la quita, cuando querríamos aprovecharla.
Si al presente no determinamos portarnos bien,
quizá al quererlo, no nos será posible.

 Nada tenemos que nos sea absolutamente propio y ese “quitar” es más bien un dejar de dar por parte de Dios, pues nosotros somos nada y nada tenemos sino es por gracia de Dios quien es la verdadera existencia.


El problema de Lucifer fue precisamente no aceptar el orden de Dios, creerse digno de cuanto bien existiese, sin ver la limitación que su propia naturaleza angélica tenía por disposición divina, quería ocupar el lugar de Dios, lugar que nada ni nadie ocupará jamás, y se vio Lucifer privado de muchas gracias, dejó de Dios de darle algunas y mantenerle otras como la inteligencia angélica.


El Señor, después de haber salvado al pueblo, sacándolo de Egipto, hizo morir en seguida a los incrédulos. En cuanto a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el Juicio del gran Día.

 También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno.

 Lo mismo pasa con estos impíos: en su delirio profanan la carne, desprecian la Soberanía e injurian a los ángeles gloriosos. Ahora bien, el mismo arcángel Miguel, cuando se enfrentaba con el demonio y discutía con él, respecto del cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir contra él ningún juicio injurioso, sino que dijo solamente: “Que el Señor te reprima” . (Jud 1,5-9).


Hijos míos, que nadie los engañe:
el que practica la justicia es justo, como él mismo es justo.
Pero el que peca procede del demonio,
porque el demonio es pecador desde el principio.
Y el Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del demonio. (1 Jn 3,7-8)


Tengamos cuidado... “no sea que llevado del orgullo venga a caer en la misma condenación en que cayó el diablo” (ITim 3).

Hay dos verdades paralelas y una ligada a la otra, que podemos observar con la caída de Lucifer, por un lado nos condenamos al elegir al mal (sino fuera así entonces Dios predestina al infierno) y al mismo tiempo Dios condena al pecador que pecó mortalmente (sino fuera así entonces Dios no sería justo y no habría orden).


 San AlfonsoDR para rematar indica: Lucifer –como afirma san Bernardo- fue con tan asombrosa presteza castigado por Dios, porque al rebelarse esperaba que no recibiría castigo.







Al perdonar Dios incluso puede dar más gracias espirituales de las que había antes del pecado, de tal manera que se evite el pecado futuro, pues donde abundó el pecado, sobre-abundó la gracia (cf. Rom 5,20) pero esas gracias extras, son precisamente para no pecar más (cf. Jn 8,11).


el necio podría pensar que si Dios da más gracias luego del perdón, entonces sería conveniente pecar para recibir dichas gracias extras.


 “el que no quiera entrar por las puertas de Mi Misericordia tendrá que pasar por las puertas de Mi Justicia” (Diario 1146) y “para castigar, tengo Yo la eternidad; ahora Yo prolongo a los hombres el tiempo de Mi Misericordia; pero ¡ay! de ellos sí no conocen esta gracia...” (Diario 1160, Jesús de la Divina Misericordia).


Veamos a continuación una hermosa frase del Diario de Santa Faustina, que como siempre y toda revelación privada aprobada por la Iglesia recalca la sana doctrina:

Hay un solo precio con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Mi sufrimiento en la cruz.

El amor puro comprende estas palabras, el amor carnal no las comprenderá nunca. [81]

Te doy una pequeña parte en la Redención del género humano. Tú eres el alivio en el momento de Mi Agonía. [82]

 En otros pasajes del diario escribe santa Faustina: Jueves Santo. Jesús me dijo: Deseo que te ofrezcas como victima por los pecadores y, especialmente, por las almas que han perdido la esperanza en la Divina Misericordia. Dios y las almas. – Acto de ofrecimiento. [83]

El Señor me ha hecho conocer su voluntad como en tres aspectos, pero constituían una sola cosa. La primera es aquella en la cual las almas apartadas del mundo arderán como victimas ante el trono de Dios y pedirán misericordia para el mundo entero…. Implorarán bendiciones para los sacerdotes y, a través de la oración, prepararán al mundo para la venida final de Jesús. [84]

1 X 1937. Hija Mía, necesito sacrificios hechos por amor, porque sólo éstos tienen valor para Mi. Es grande la deuda del mundo contraída Conmigo, la pueden pagar las almas puras con sus sacrificios, practicando la misericordia espiritualmente. [85] Una vez, pasando cerca de un grupo de personas pregunté al Señor: ¿Están todos en el estado de gracia, visto que no he sentido Tus dolores? El hecho de que tú no has experimentado Mis dolores no quiere decir que todos están en el estado de gracia. A veces te hago sentir el estado de ciertas almas y te doy la gracia de sufrir solamente porque te uso como un instrumento para su conversión. [86] Deseo satisfacer a Jesús según la clase [del pecado]. Hoy, durante siete horas he llevado una cintura de cadenitas para impetrar por cierta alma la gracia del arrepentimiento; a la séptima hora sentí alivio, porque aquella alma en su interior ya recibía el perdón aunque todavía no se había confesado. El pecado de los sentidos: mortifico el cuerpo y ayuno según el permiso que tengo; el pecado de soberbia: rezo con la frente apoyada en el suelo; el pecado del odio (14): rezo y hago una obra de caridad a la persona con la cual tengo dificultades, y así, según la clase de pecados conocidos, satisfago la justicia. [87] Al igual que Beata Alejandrina y Santa Faustina, Santa Gemma Galgani fue un alma víctima. En uno de sus escritos podemos leer: Pecadores tienes muchos, pero víctimas tienes pocas. Las víctimas tienen que ser inocentes, y yo no tengo nada de inocente. ¡Sálvalos, Jesús, sálvalos!

En el diario de Beata Alejandrina también Nuestro Señor le narra la necesidad de almas víctimas que reparen por los pecados: Yo le pregunte a Jesús que había de hacer para amarlo mucho. El me dice: -anda para mis sagrarios a consolarme y reparar. No descanses en reparar. Dame tu cuerpo para crucificarle. Necesito de muchas víctimas para sustentar el brazo de mi justicia ¡y tengo tan pocas¡ Anda substitúyelas...[90]



San Pablo nos recalca que es necesario “llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gál 6,2).

Es un misterio como sucede esta comunión que hace que Cristo pueda “sufrir” a través de los miembros de su cuerpo místico que aún estamos en la Tierra o Purgatorio, pero sucede pues somos miembros vivos de su Cuerpo y precisamente eso es la Iglesia de la cual Él es cabeza, estamos de alguna manera en Cristo, en el mismísimo Calvario.


Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. (1 Co 12,26-27)


El cuerpo glorioso de Cristo no tendría por qué tener llagas más sin embargo las tenía incluyendo la del costado que le atravesó su corazón y que santo Tomás tocó por su falta de fe (cf. Jn 20, 24-28).

Se podría decir que las llagas vivas del cuerpo glorioso de Cristo son los enfermos y sufrientes, mostrando como su Cuerpo Místico (Iglesia) está aún abierta al dolor mientras dure este peregrinar hacia el Cielo.

Incluso podemos decir que en los enfermos hay una gran riqueza y son de hecho el tesoro de cualquier apostolado eficaz, san Josemaría llevó adelante el Opus Dei gracias a los enfermos de un hospital de Madrid, le decía a los enfermos incluso al momento de morir susurrándole al oído, pero con énfasis; “¡Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor!” y es que el dolor cuando está unido al dolor de Cristo en la Cruz adquiere un valor sobrenatural inmenso, un valor redentor que atrae muchas gracias de parte de Dios.

Jesús y María solo sufren en nosotros (Iglesia militante y purgante) no en ellos mismos pues ahora están en el cielo y no pueden sufrir más que en nosotros los otros miembros del cuerpo místico de Cristo a través de la comunión de los santos.

La tristeza de Jesús y María expresada muchas veces en revelaciones privadas aprobadas por la Iglesia; podemos decir que es real, en la medida que sufren en los miembros de la Iglesia militante y purgante, ya en el cielo no pueden sufrir (Iglesia triunfante), de cualquier forma es importante mencionar que todos estamos unidos por medio de la gracia santificante.


San Agustín muy bien nos dice que “esa cruz que el Señor nos invita a llevar, para seguirle más deprisa ¿qué significa sino la mortificación?” [91] y san Josemaría añade por su parte que “si no eres mortificado nunca serás alma de oración”.[92]

El punto de todo esto es que las almas que más logran una comunión con Jesús, desean fervientemente sufrir con El y ser partícipes de su dolor durante su pasión y muerte en la Cruz, Santa Gema Galgani de espiritualidad pasionista le decía:

Jesús, Dueño mío...
Cuando mi cabeza se acerque a la tuya,
hazme sentir el dolor de las espinas que te punzaron.

Cuando mi pecho se recline sobre el tuyo,
haz que yo sienta la lanzada que te traspasó. [93]


Nosotros estamos llamados a tomar la Cruz, es decir asumir en nosotros voluntariamente males físicos (sufrimientos, dolores, tristezas, etc…) que tengan sentido salvífico como los asumió Jesucristo, pero hay que destacar que hay que tener mucho cuidado con formas de penitencia que sean desordenadas y que lejos de agradar a Dios se convierten en pecado.

Las mortificaciones que padezcamos deben ser acordes a la voluntad de Dios; para saberlo están las enseñanzas de la Iglesia y de modo particular las del director espiritual, que tiene una tarea muy importante en cuanto a regular este tipo de sacrificios voluntarios.

Existen dos tipos de mortificación: la exterior y la interior.

 La de más alto nivel de santidad es la de tipo interior pero las exteriores aunque son limitadas en su efectividad sirven para aproximarse a esta mortificación interior más fácilmente.


Se habla de mortificación exterior cuando refrenamos la voluntad con aspectos propios de nuestro cuerpo físico intentando reducir placeres (bienes físicos) que nos distraen de la voluntad de Dios y nos aleja de ella, es decir refrenamos nuestra voluntad imperfecta para acercarla a la voluntad perfecta de Dios.


 Ejemplos de mortificación exterior son el ayuno que limita el placer que da la comida, el cilicio (vestidura áspera o incomoda) que limita el placer regular del tacto, el despertar muy temprano que limita el placer del buen dormir, etc.


 Ahora bien, el nivel más alto de santidad se logra a través de la mortificación interior, en palabras de san Josemaría podemos mencionar a modo de ejemplo: La sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior. [94]


Ahora bien recordemos siempre que cualquier tipo de mortificación debe estar sujeta a la voluntad de Dios que conocemos a través de su Iglesia, y otro aspecto a tomar en cuenta es que si asumimos voluntariamente una mortificación no tenemos por qué imponerle a los demás dicha mortificación por eso “busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás”


Si los pecados son mayores a la reparación de los mismos, entonces se van llenando las “copas de la ira de Dios” que algún día se han de revertir sobre la humanidad con toda clase de males físicos para así llegar a un equilibrio perfecto en el orden moral (cf. Ap 16).


El hecho de que aumente el número y gravedad de pecados mientras se reduce las almas víctimas que reparan, acelera o anuncia la pronta venida de Nuestro Señor que si bien esperamos todos los Cristianos ha de representar para muchos la condenación eterna pues no habrá más tiempo para convertirse, no habrá más misericordia para los impíos sino justicia.


Pero hay un aspecto curioso que justamente se da con los mártires porque por un lado quien le persigue y le mata comete pecado grave, pero a su vez el mártir repara dando su vida como Cristo la dio por nosotros para expiar el pecado que ocasiona ese perseguidor (por eso muchos mártires mueren incluso perdonando a sus asesinos como ocurrió en muchas persecuciones como los Cristeros en México).


Los sufrimientos provocan el fin, porque todo mártir contribuye a acercar el límite de la crueldad y a conseguir, por tanto, la meta de la historia (Fil. 1, 28; II Tes. 1 , 3 ; I Pet. 14, 17).


Cada mártir contribuye a llenar la medida divina de castigo y expiación por los pecados, a apartar la ira de Dios y a que irrumpa el día de la gracia (Col. 1, 24).


Los sufrimientos de los cristianos son los dolores del parto de un mundo nuevo; son presagios del fin de este mundo y del principio del “ciclo nuevo” y de la “tierra nueva”.

 Nadie sabe quién será el último mártir. Pero la historia camina hacia el punto culminante del odio y del dolor. Cuando llegue a él, sobrevendrá el fin. [100]


El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado, pero las penas temporales del pecado permanecen (cf. CAT 1473).


Cuando Dios ve que algunos no quieren corregirse por propio impulso, los excita con el aguijón de la adversidad. Asimismo, previendo que otros pueden cometer muchos pecados, quebranta su salud con la enfermedad corporal para que no pequen, a fin de que les sea más provechoso quedar abatidos por la debilidad para la salud de su alma que permanecer con buena salud para su condenación. [...] Es perjudicial la salud que llera al hombre a la desobediencia, y es saludable la enfermedad que, a través del castigo divino, quebranta el alma en su dureza. [103]


Aprenda a no quejarse el que sufre males, aunque ignore el motivo por el que los padece, y, puesto que lo juzga Aquel cuyos juicios jamás son injustos, de ahí deduzca que él sufre justamente.

 Quien soporta el castigo y se queja contra Dios censura la justicia del juez.

Mas el que comprende que procede del justo juez el castigo que padece, aun cuando ignore porque lo sufre, queda ya justificado por el hecho de acusarse a sí mismo y alabar la justicia de Dios.[104]


Al fin y al cabo, la Sagrada Escritura demuestra que el amor de Dios para con nosotros se manifiesta especialmente a través de los castigos y las correcciones, pues afirma:

 “Hijo mío, no rechaces la instrucción del Señor, ni te canses de sus reprensiones, porque el Señor reprende a quien ama”; en efecto, “castiga a todos aquellos que reconoce como hijos”.

Incluso el Salvador mismo dice que ama a quienes reprende, cuando afirma:

“Reprendo y castigo a quienes amo”; también la doctrina de los apóstoles no cesa de predicar que “es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones”.

El mismo Señor dice que es estrecho el camino y angosta la puerta que conduce a la vida. [105]


En definitiva Jesús no vino a castigar, condenar o juzgar, es cierto, pero en la segunda venida ahí si ha de venir a castigar, condenar o juzgar.


Dependiendo de la traducción se vierte de una u otra manera:


Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para
juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
(CEE2011 Jn 3,17)


Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que se salve el mundo gracias a él.
(BL95 Jn 3,17)


Porque Dios no envió a su Hijo al mundo
para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él.
(BJ Jn 3,17)











BREVE GUÍA DE CONFESIÓN

 ¿No te sientes arrepentido de tus pecados? Solicita entonces el don del arrepentimiento al Espíritu Santo y reza la Coronilla de la Divina Misericordia, la mejor herramienta para acceder a la misericordia de Dios.

«Y os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo,
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra
y os daré un corazón de carne.
Infundiré mi espíritu en vosotros
y hare que os conduzcáis según mis preceptos
y observéis y practiquéis mis normas.»
(Ezequiel 36,26-27) «




¡Vuélvenos hacia ti, Señor, y volveremos:
renueva nuestros días como en los tiempos pasados! » (Lamentaciones 5,21)

 A continuación una cita del diario de Santa María Faustina Kowalska:

“Alienta a las personas a decir la Coronilla que
te he dado... Quien la recite recibirá gran misericordia
a la hora de la muerte.
Los sacerdotes la recomendaran a los pecadores
como su último refugio de salvación.
Aun si el pecador mas empedernido hubiese
recitado esta Coronilla al menos una vez,
recibirá la gracia de Mi infinita Misericordia.

Deseo conceder gracias inimaginables a aquellos
que confían en Mi Misericordia.”
(Diario 687)

“Escribe que cuando digan esta Coronilla
en presencia del moribundo,
Yo me pondré entre mi Padre y el,
no como Justo Juez sino como Misericordioso Salvador.”
(Diario 1541)




ACTO DE CONTRICIÓN

 Jesús, mi Señor y Redentor, yo me arrepiento de
todos los pecados que he cometido hasta hoy,
 y me pesa de todo corazón,
porque con ellos ofendí a un Dios tan bueno.

 Propongo firmemente no volver a pecar
 y confío que por tu infinita misericordia
me has de conceder el perdón de mis culpas
y me has de llevar a la vida eterna. Amen


Otra versión conocida es la siguiente:

 Señor mío Jesucristo,
Dios y Hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío;
por ser vos quien sois,
bondad infinita,
 y porque os amo sobre todas las cosas,
me pesa de todo corazón haberos ofendido;
también me pesa porque podéis castigarme
 con las penas del infierno.
Ayudado de vuestra divina gracia,
propongo firmemente nunca más pecar,
 confesarme y cumplir la penitencia
que me fuere impuesta. Amen.




¿Cuáles son los Diez Mandamientos de la Ley de Dios?

1° Amarás a Dios sobre todas las cosas.
2 No tomarás el Nombre de Dios en vano.
3° Santificarás las fiestas.
4° Honrarás a tu padre y a tu madre.
5° No matarás.
 6° No cometerás actos impuros.
7° No robarás.
 8° No dirás falso testimonio ni mentirás.
9° No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
10° No codiciarás los bienes ajenos.




¿Qué es el Sacramento de la Reconciliación o Confesión?

La confesión es el Sacramento en el cual por medio de la absolución del sacerdote, recibimos el perdón de nuestros pecados si los confesamos arrepentidos.

Jesús declara a sus ministros:

“Reciban el Espíritu Santo:
a quienes ustedes perdonen sus pecados,
queden perdonados,
y a quienes se los retengan,
queden retenidos”
 (Juan 20,22-23)




¿Que pasos debo seguir para una buena confesion?

Antes de confesarte verifica que mandamientos has incumplido haciendo un examen de conciencia.
Debes estar arrepentido, sino dispones de arrepentimiento solicítale a Dios que imprima en tu corazón verdadero dolor por tus pecados y propósito firme de no volver a cometerlos, es recomendable la oración Coronilla a la Divina Misericordia.

Habiendo realizado el examen de conciencia, el dolor por los pecados cometidos y el propósito de enmienda, ya puedes confesarte apropiadamente.


El sacerdote te saludara diciendo “Ave María Purísima” a lo que has de responder “Sin pecado original concebida”.


Se inicia con sinceridad el relato o la mención de los pecados cometidos.


Procura que la confesión sea breve, clara y completa.






 Hoy el Señor me dijo:

 Cuando te acercas a la confesión,
a esta Fuente de Mi Misericordia,
 siempre fluye sobre tu alma la Sangre y el Agua
 que brotó de Mi Corazón y ennoblece tu alma.

Cada vez que vas a confesarte,
 sumérgete toda en Mi misericordia
con gran confianza para que pueda derramar sobre tu alma
 la generosidad de Mi gracia.

Cuando te acercas a la confesión debes saber
que Yo Mismo te espero en el confesionario,
sólo que estoy oculto en el sacerdote,
pero Yo Mismo actúo en tu alma.

Aquí la miseria del alma se encuentra
con Dios de la misericordia.

Di a las almas que de esta Fuente de la Misericordia
las almas sacan gracias exclusivamente
con el recipiente de confianza.

Si su confianza es grande,
Mi generosidad no conocerá límites.

Los torrentes de Mi gracia inundan las almas humildes.

Los soberbios permanecen siempre en pobreza y miseria,
porque Mi gracia se aleja de ellos dirigiéndose hacia los humildes. (Diario 1602).






  


















El Juicio Final
















Sobre El Pensamiento de la Muerte



















Juicio Particular




















La Muerte del justo


















Juicio Temerario
















La contrición.




















El Santo Cura de Ars.



















El santo Cura de Ars vs el demonio



























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