sábado, 12 de mayo de 2018

EL FUTURO DE UN HIJO ES OBRA DE LA MADRE - "La influencia de la mujer es más amplia de lo que se puede pensar. Según su locura o su sabiduría, el nivel de la nobleza humana baja o se eleva".



MADRE CATÓLICA: «RAÍZ» DEL HEROÍSMO

“EL FUTURO DE UN HIJO ES OBRA DE LA MADRE” (NAPOLEÓN BONAPARTE)

Papel de la madre en la formación de  los  hijos y en el hogar


«¡Feliz el hombre a quien Dios dio una Santa Madre!», dice Lamartine. A pesar de los desvíos de su imaginación, Lamartine conservó siempre el recuerdo de la educación cristiana que le dio su madre. Como dice Joseph de Maistre: «Si la madre tomó como un deber imprimir profundamente en la frente de su hijo el carácter divino, puede estarse prácticamente seguro de que la mano del vicio nunca lo apagará enteramente».

«¡Cuantas otras madres imprimieron profundamente, en el alma de los hijos, el respeto, el culto, la adoración de Dios, de Quien ellas eran para ellos, por la pureza de vida, la imagen viva!

«Como madre, la mujer cristiana santifica al hombre-hijo; como hija, ella edifica al hombre-padre; como hermana, ella mejora al hombre-hermano; como esposa ella santifica al hombre-esposo».



LA «RAÍZ» DE LA SANTIFICACIÓN

«Yo quiero hacer de mi hijo un Santo»- decía la madre de San Atanasio.

«¡Gracias mil veces, Dios mío por habernos dado por madre una Santa!» – exclamaron por ocasión de la muerte de Santa Emilia sus dos hijos San Basilio y San Gregorio Nazianzeno.

«¿Quién nos dio a San Bernardo, y lo hizo tan puro, tan fuerte, tan abrasado de amor por Dios? Su madre, Aleth.

«Más cerca de nosotros, Napoleón dijo: «El futuro de un niño es la obra de su madre».

Pasteur afirmó: «¡Oh padre mío y madre mía, que vivisteis tan modestamente, es a vosotros que yo debo todo! Tus entusiasmos, mi valerosa madre, tú me los trasmitiste. Si yo siempre asocié la grandeza de la ciencia a la grandeza de la patria, es por que yo estaba impregnado de los sentimientos que tu me habías inspirado».

San Juan  Bosco y su madre  Margarita


A algunos que lo felicitaban por tener el gusto de la piedad, el Santo Cura de Ars dijo: «Después de Dios, esto se debe a la obra de mi madre». «Casi todos los santos hicieron remontar los orígenes de su santidad a su propia madre».


LA «RAÍZ» DE GRANDES PERSONAJES

«Es sobre las rodillas de la madre – dice Joseph de Maistre – que se forma lo que hay de más excelente en el mundo».

«Ella es en el hogar esa llama resplandeciente de que habla el Evangelio, distribuyendo sobre todos la luz de la Fe y el ardor de la caridad divina. 

A ella incumbe vivificar en la familia la idea de la soberanía de Dios, nuestro primer principio y nuestro ultimo fin, el amor y reconocimiento que debemos tener por su infinita bondad, el temor de su justicia, el espíritu de religión que nos une a Él, la ley de las castas costumbres, la honestidad de los actos y la sinceridad de las palabras, la dedicación y ayuda mutua, el trabajo y la templanza»…



…Y DE HOMBRES DE CUALQUIER CONDICIÓN SOCIAL

«En la familia obrera -dice Augustin Cochin- la figura dominante es la de la madre. Todo depende de su virtud y acaba por modelarse de acuerdo con ella. Al marido competen el trabajo y el aprovisionamiento del hogar, y a la mujer los cuidados y la dirección interior. El marido gana, la mujer ahorra. El marido alimenta a los hijos, la mujer los educa. El marido es el jefe de la familia, la mujer es su eslabón de unión con ella. El marido es la honra del hogar, la mujer su bendición».


MADRE CATÓLICA: «RAÍZ» DEL HEROÍSMO

«El Vizconde de Maumigny escribió:

«Debemos a nuestras madres y hermanas el fondo de honra y de devota y caballeresca dedicación que es la vida de Francia. Nosotros les debemos la Fe católica. Discípulas de la Reina de los Apóstoles y de los Mártires, las madres hicieron pasar sus corazones a los de los hijos…».


Icono de Ntra. Sra. de la ternura (virgen de Vladimir), Patrona de Rusia, cuadro pintado por San Lucas apóstol.



«María Santísima, el modelo de las madres les enseñó cómo se sacrifica un hijo único a Dios y a la Iglesia. Al oír las narraciones de esas inmolaciones sublimes (este texto fue redactado en 1862, cuando los Zuavos Pontificios derramaban su sangre para defender la Santa Sede), Pío IX comentaba: «¡No, La Francia que produjo tales santas no perecerá jamás!».

La primera vez que la heroica viuda de Pimodan vio al Papa, no le dijo: «¡Oh, Santo Padre, devolvedme a mi marido!», si no que dijo: «¡Oh, decidme que él está en el Cielo!». Y cuando Pío IX respondió: «No rezo más por él», ella no preguntó nada más, pues entendió que era viuda de un mártir, y eso bastaba.



«En Castelfidardo los Zuavos Pontificios combatían bajo los ojos de sus madres, presentes en su pensamiento y entre las paredes del santuario donde la Reina de los Mártires engendró al Rey de los Mártires. Todos, mientras marchaban contra el enemigo, repetían esta frase de uno de ellos: «Mi alma a Dios, mi corazón a mi madre, mi cuerpo a Loreto». A la madre de ellos, a María Santísima, que a todos inspiraba, revierte la honra de la batalla. Como otrora los Cruzados, y más tarde los Vandeanos, fue sobre las rodillas de las madres que ellos aprendieron a morir por Dios, por la Iglesia y por la Patria.»
 (Mons. Henri Delassus, L”Esprit Familial dans la Maison, dans la Cité et dans l”État, Société Saint-Augustin).
 Acción Familia.





"La influencia de la mujer es más amplia de lo que se puede pensar. Según su locura o su sabiduría, el nivel de la nobleza humana baja o se eleva".

-P. Antonio Alonso





ORACIÓN POR LOS HIJOS 
A LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO
¡Socorre a mis hijos!



¡Madre mía, bendecid  a mis hijos! que esta palabra sea el grito de mi corazón desde la aurora. 
¡Oh María! que tu bendición
los acompañe, los guarde, los defienda
los anime, los sostenga en todas partes y en todas las cosas.

Cuando postrados ante la presencia del Señor le ofrezcan
sus tributos de alabanza y oración, cuando le presenten
sus necesidades, o imploren sus divinas misericordias.
¡Madre mía bendecid a mis hijos!


Cuando se dirijan al trabajo donde el deber los llama,
cuando pasen de una ocupación a otra,
a cada movimiento que ejecuten,
a cada paso que den y a cada nueva acción.
¡Madre mía bendecid a mis hijos!

Cuando la prueba venga a ejercitar su debilísima virtud
y el cáliz del sufrimiento se muestre antes sus ojos,
cuando la Divina Misericordia,
quiera instruirlos y purificarlos por el sufrimiento.
¡Madre mía socorre a mis hijos!


Cuando el infierno
desencadenado contra ellos se esfuerce en seducirlos
con los atractivos del placer,
las violencias de las tentaciones y los malos ejemplos.
¡Madre mía socorre y preserva
de todo mal a mis hijos!

Cuando se dirijan a buscar
el remedio de sus males y la curación de sus heridas
en el Tribunal de la reconciliación y de la paz
¡Madre mía socorre a mis hijos!


Cuando se acerquen a la Sagrada Mesa para alimentarse
con el Pan de los Angeles,
con el Verbo hecho carne por nosotros
en tus purísimas entrañas.
¡Madre mía bendecid a mis hijos!

Cuando en la noche se dispongan al descanso
 a fin de continuar con nuevo fervor
al día siguiente su camino hacia la patria eterna
¡Madre mía bendecid a mis hijos!


Que tu bendición, Madre mía,
descienda sobre ellos, en el día, en la noche,
en el consuelo, en la tristeza,
en el trabajo, en el descanso,
en la salud y en la enfermedad,
en la vida y en la muerte y que esta no sea repentina,
y por toda una eternidad. Así Sea

(Se rezan tres avemarias)




El icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro muestra a María con el Niño Jesús. El Niño observa Los arcángeles Gabriel y Miguel que le presentan a Jesús niño los instrumentos de sus sufrimientos futuros. Al contemplar esta dramática visión, el Niño, en su condición de hombre mortal, se asusta y se estremece y en un brusco movimiento busca socorro en los brazos de su Madre, a cuya mano se aferra con fuerza. El susto y movimiento brusco del Niño están expresados por la contorsión de piernas, el repliegue del manto y la sandalia desprendida. El cuadro recuerda la maternidad divina de la Virgen y su cuidado por Jesús desde su concepción hasta su muerte.

ICONO:
El icono, que significa imagen, es una pintura sobre tabla que obedece a unos cánones establecidos por la santa  Iglesia. Para ser objeto de culto, debe aprobarse la representación.

 El lenguaje del icono es muy rico y casi sacramental. El soporte en el que se plasma la figura del Señor, de su Madre, o de los santos, es de madera, para significar que si en un árbol fuimos vencidos -haciendo referencia al primer pecado-, en un árbol hemos sido justificados, alusión al árbol de la Cruz de Cristo.

 Normalmente, a la tabla se le hace un rebaje, y se extiende sobre ella un lienzo blanco, al que se le aplican siete capas de estuco de yeso. Este tratamiento significa el Misterio Pascual. El rebaje indica el sepulcro, el lienzo alude al enterramiento del Señor envuelto en sábanas. Una vez que se tiene dispuesta la madera, purificada y lijada, con pigmentos extraídos directamente de la naturaleza, y con yema de huevo, se fabrican los distintos colores, con los que se formará la figura. Y esta acción, de la que emerge la luz, por el pan de oro, y la imagen de Cristo, de su Santísima Madre, de los Santos, es como el momento  en el que acontece la resurrección, pues el icono hace presente al prototipo, y los ojos de la figura sagrada atraen al creyente como si fueran los de una persona viva.


El manto azul, que envuelve y reviste enteramente a la Virgen, nos muestra a quien es la amada de Dios, la mujer bendecida. Que ella nos acoja como lo hace con el pequeño Jesús.

No hay comentarios:

Publicar un comentario